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RELATO Nº1 --AGOSTO--

RELATO: --LOMRAM--

 

   

 

Hola a todos de nuevo. Llevo tiempo  ausente debido a la publicación de mi primera novela de la que pronto tendrán noticias.  Ahora que dispongo de más tiempo, he decidido retomar esas historias inconclusas que he dejado por el camino. He de reconocer que no tenía intención de terminar de una manera tan extensa la historia que nos atañe, pero creí necesario relatar un final que hiciera justicia a estos grandes personajes como lo son Red y Anubis. Si no recuerdan o no han leído la primera parte de la historia, "La gran llanura de Gasjar", abajo, les dejaré el enlace pertinente. Sin más y como siempre, espero que disfruten de su lectura tanto como lo hago yo escribiéndola. Gracias por leerme.


Enlace a la parte 1--> "La Gran Llanura de Gasjar"

 

 

Parte II: Lomram

  

 Llegado el ocaso, no pudo esperar más, la incertidumbre, la preocupación, le oprimía el pecho. Decidió ir en su busca, pero en ese instante recordó que tenía una entrega por finalizar. Tenía el alma dividida entre Anubis y el deber. Sabía que su tarea de viajero era de capital importancia para los reinos. De él dependía la supervivencia de los castillos más alejados, puesto que las semillas y los componentes alquímicos necesarios para que los cultivos creciesen en abundancia y libre de plagas, se encontraban en esa mochila que dejó oculta horas atrás. Dio unos pasos colina abajo, cada metro que recorría sentía un puñal introducirse con punzante dolor en el corazón, como si a cada paso, echara una palada de tierra en la tumba de Anubis. De repente, un sutil reflejo, llamó su atención. Una leve centella destacaba en la penumbra del ocaso y que captó por el rabillo del ojo. Red volvió como una exhalación de nuevo a la cima de la colina y en cuanto la alcanzó, tan solo pudo observar el valle sumido en la oscuridad de la noche. Se dijo a sí mismo, que pudo ser una estrella fugaz, o es posible que, el último rayo de luz del ocaso, asomara en su frágil esperanza.


   A la mañana siguiente, despertó de nuevo en el refugio rodeado de la más absoluta soledad. Ni siquiera el viento silbaba ya con melódica constancia como en días anteriores.

  Emprendió el camino hacia el reino de Kmoonlard, no sin sentir un gran pesar, sin que derramara una lágrima a cada paso que se alejaba de aquella colina. Anduvo durante la jornada cabizbajo, y acercándose el atardecer, en el horizonte, vislumbró la pequeña silueta del majestuoso castillo; los pendones plateados ondeaban agitados al viento y los torreones se alzaban sobre los muros como gigantes guardianes del reino.

—Bien Red, lo has conseguido —dijo apesadumbrado con la mirada perdida en la sombra del lejano reino.

  Se disponía a afrontar la última etapa de su expedición. Antes de partir, inspeccionó la ruta a seguir y las condiciones del terreno. El paisaje había cambiado por completo;  la roca angulosa azabache cambió por arenas de tonos grises oscuros, los prados verdes, por matorral de aspecto ahuesado y, los abundantes riachuelos y charcas, por cicatrices agrietadas en un terreno quimérico.

  El segundo par de botas que se calzó previniendo cualquier albur el día que desapareció Anubis, ya mostraba signos de desgaste. Las reservas de agua y el vino las agotó mientras esperaba en lo alto de la colina; aún guardaba cecina para dos o tres días más. Ya había caminado una jornada y media sin probar gota y, si no encontraba agua en breve, perecería antes de llegar a su destino. Se vio en serios apuros, puesto que los verdes pastos, las abundantes charcas que inundaban la llanura, las cascadas… aquello quedó atrás en el camino. La exuberante llanura de Gasjar, se había transformado en una mancha verde es su retina. Tras meditarlo unos instantes, guardó entre unas rocas prácticamente todo su equipo, incluso la armadura, colgó de su cinturón un pequeño zapapico y dos odres vacíos.

  Anduvo unas horas ligero entre las floraciones de áridas rocas azabaches y gruesa arena que cortaba como el cristal. Buscó señales de algún río subterráneo, vegetación, cueva, gruta o cavidad, donde extraer algunas gotas de agua. El aire le parecía más húmedo hacia el Este. Después de una exhaustiva búsqueda, halló un rastro extraño que conducía hacia el interior, dirección Este-nordeste. Parecían pisadas de un animal de gran tamaño que desconocía y que, del modo en el que se encontraban dispuestas la huellas, parecía que caminaba erguido. Advirtió junto a ellas que arrastraban algo de considerable peso. Decidió seguirlo, “si por estas tierras hay algo o alguien que las transita, sabrán de una fuente de agua…”, pensó con cierto optimismo. Continuó alrededor de una hora más, cuando encontró un grupo de rocas que llamó poderosamente su atención. La tierra era espesa y húmeda, parecía removida y despedía un olor entre cuero y azufre. Echó mano de su zapapico y en la primera atajada a la tierra, tropezó con una gruesa tela de cuero. La retiró con cuidado y bajo ella, vio algo que lo dejó petrificado. ¡Un pozo rebosante de agua! Sintió ganas de lanzarse dentro, pero se contuvo. Inspeccionó la construcción y, oculto en las paredes del pozo, halló una cuerda que llegaba hasta el fondo. Red tiró y pronto observó como un gran cubo de agua ascendía hasta él. Al fin, entre risas y pequeños gritos de júbilo, el viajero, tenía un respiro. Su impaciencia hizo que al terminar de alzar el cubo, se lo vertiera encima, dándose un baño de felicidad pasajera. El siguiente cubo, lo aprovechó para llenar sus odres que se encontraban ya acartonados. El tercer cubo que alzó, lo disfrutó bebiendo sorbo a sorbo, hasta llenar su estómago y no pasar sed en semanas. Metió la cabeza en el recipiente y nada más notar el sabor del agua en el paladar la escupió como si de orín de caballo caliente se tratase. El cuerpo le temblaba, al igual que las manos. Los ojos buscaban en el firmamento una respuesta a lo que acabada de pasar en su boca al beber. Con pavor e incredulidad deslizó la lengua por el paladar y los labios para expulsar una finas hebras que se habían adherido al interior de su boca. El “sabor” que desprendían esas hebras, la textura luego de asirlas entre los dedos, confirmó sus sospechas. En los dedos tenía pelaje de un huargo y, por el color, las probabilidades de que fuera Anubis, eran altas. Pronto relacionó las huellas que había seguido, con su desaparición y estableció que fue capturado y arrastrado por estas tierras a algún lugar lejos, sino, no habrían parado a obtener agua. La presencia del pelo de su amigo en el pozo le indicaba que aún continuaba con vida, lo cual era una gran noticia. No importaba qué clase de bestias poblaban estas áridas tierras, ni sus intenciones, Anubis necesitaba su ayuda.

  Regresó raudo a donde había dejado sus pertenencias. No había olvidado su juramento como viajero. Esa energía renovada que sentía la utilizó para completar la expedición hasta Kmoonlard.  Una vez llagado al castillo, sin perder ni un segundo, se dirigió hacia los almacenes reales y mantuvo una corta conversación con el alguacil mientras hacía entrega de la mercancía:

 

  —¿A qué viene tanta prisa, maese Viajero?
  —Algo o alguien ha capturado a mi compañero. He de salir en su busca lo antes posible.
  —¡Oh! Entiendo. Pero, ¿qué quiere decir con “algo o alguien”?
  —Seguí un rastro de huellas de una bestia que jamás había visto. Hacia el Este, hacia las tierras muertas de Lomram.
  —Yo si fuera usted, maese Viajero, olvidaría a su amigo. Ni si quiera los tigres sombras se atreven a entrar en esas tierras malditas.
  —Seré el primero en adentrarme y volver. Mi compañero aún vive y voy a traerlo de vuelta.
  —Es una locura. Sea sensato maese…
  —¿Ha terminado de comprobar lo que aquí nos atañe? —le interrumpe bruscamente.
  —Todo en orden. Y aquí sus honorarios, cincuenta piezas de oro. Supongo que tendremos que buscar a otro viajero en el futuro.
  —No me tenga en tanta estima alguacil. Que los dioses te protejan.
  —Más va a necesitar de su protección maese Viajero… más la va a necesitar.

  Red condujo sus pasos a una vieja posada donde siempre tenía por costumbre descansar entre expediciones. Allí hizo acopio de unas pocas provisiones, se equipó su armadura de cuero reforzada, un pequeño broquel medio oxidado por la falta de uso, una daga y su espada Danzarina. Una luz escarlata se reflejó en la hoja de La espada e hizo que Red se asomara entre las rendijas de la ventana para vislumbrar el atardecer. Se  demoraba más de lo que tenía planeado en un principio. Justo en ese instante, la puerta de la pequeña habitación se abrió de golpe, sorprendiendo al viajero. Este Desenvainó su espada veloz y dirigió su filo hacia el intruso.

  —Red, querido, me he enterado… ¡Oh! —gritó sobresaltada al tiempo que ahogó su voz entre las manos.
  —¡Ixia! Casi ocurre aquí una desgracia. ¿Has olvidado ya tus modales?
  —¿Modales? ¿Desde cuándo te has convertido en un rufián?
  —Quizá es culpa mía. Tengo los nervios a flor de piel.
  —Olvidémoslo. ¿Qué ocurre? ¿Ya te marchas? Pero si ni si quiera… ¿Y ese chucho mimado que siempre te acompaña?
  —No te atrevas a mancillar su nombre Ixia. Está cautivo, o eso espero.
  —Pero, ¿quién? ¿Cuándo?
  —No dispongo de esa información. Tan solo un rastro que se adentra en las tierras de Lomram.
  —¡Que los dioses nos amparen! ¡Lomram! Son tierras malditas, ¿has perdido el juicio?
  —Es posible.
  —Pero Red…
  —Nada de peros. Ese “Chucho mimado” es lo más parecido a una familia que jamás he tenido. Y nada me impedirá traerlo de vuelta. ¿El alquimista aun vive cerca de aquí?

  Ixia quedó absorta, con profunda nostalgia, miró hacia la cama en la que en tantas ocasiones amaneció junto al intrépido viajero. La larga melena cobriza se mecía por la  suave corriente que entraba por la puerta. Su tez se volvía más pálida aún con los pensamientos que le abordaban en esos instantes, sus enormes ojos malvas perdían su vivacidad… Recordaba cuando le conoció, hacía unos cuantos inviernos, que las noches adquirieron otro aroma, rememoraba el sabor del vino especiado en sus labios, el latido precipitado cuando sentía su tacto. Las estrellas cantaban susurrantes las hazañas de un amor no correspondido. Ella se conformaba con respirar su mismo aire en las escasas visitas que este le brindaba cuando las expediciones lo traían a Kmoonlard. Pero siempre temió que, bajo las sábanas de una cama similar, en otra posada, en otro reino, fuera otra “Ixia” la que bebiera del mismo aire que Red.

  —¡Ixia! Responde.
  —Lo lamento Red. Me distraje por un instante.
  —¿Y bien?
 —¡Ah! Preguntabas por Eúdëmbel. Si te apresuras, lo hallarás en su taller, como de costumbre.
  —Bien. Gracias. No me esperes…
  —¡Red! Yo…


  Red no se detuvo al escuchar las palabras de Ixia. Su determinación era tal que había apartado de su mente cualquier pensamiento que no fuera lo concerniente al rescate de Anubis. Ya en el taller del alquimista, prescindió del protocolo y simplemente, se dirigió a los estantes de las pociones. Eúdëmbel lo observó, en un principio, con cierto recelo. Lo confundió con un desesperado ladronzuelo, hasta que reconoció la empuñadura de Danzarina.

  —¿Cuál es el motivo de tu urgencia Viajero?
  —Lomram.
  —¡Ah! Comprendo —asiente en tono reflexivo.
  —¿Dónde están las pociones “ojo de gato”?
  —¿Partes durante la noche?
  —¿No es evidente viejo?
  —Una empresa importante te aguarda si Lomram es tu destino Viajero. Mejor usa “ojo de búho” y para los peligros que allí te aguardan, “aliento de dragón”, “solitaria” y puede que incluso “Súmmum”.
  —¿“Súmmum”?
  —Así es. Úsala únicamente como último recurso. Es muy poderosa.
  —Bien, me la llevaré.
 —Si por un casual no la necesitaras, tráemela de vuelta. Es muy difícil adquirir los ingredientes. De hecho esa poción lleva ahí una década. Además…
  —¿Vas a dejar tu palabrería para incrementar el precio de tus pociones, Eúdëmbel?
  —Solo pretendo que admires el increíble valor de mis mercancías. ¿Algo más?
  —No. ¿Qué te debo?
  —¿Cuánto llevas encima? —Sonríe altanero.
  —Treinta piezas de oro.
  —Por el tamaño de tu bolsa, diría… que llevas encima cerca de cincuenta, ¿no es así?
 
  Red de muy mala gana, lanzó sobre el alquimista la bolsa de oro que tantas penas le había costado ganar. No añadió palabra alguna, ni se despidió.

  Tras cruzar la salida Este del castillo, Red echó mano de su cinturón. En él disponía de manera rápida de todas las pociones compradas a Eúdëmbel. Sostuvo unos instantes frente a sus ojos la pócima cuyos colores cambiaban en su interior entre tonos lima, borgoña y níveo, salpicados por destellos dorados. Al beberla, la penumbra de la noche se disipó y distinguía los objetos incluso mejor que durante la luz del mediodía. Inició de nuevo el rastreo adentrándose en las tierras malditas de Lomram. En esta ocasión advertía las huellas dejadas por él y por las bestias ignotas con suma facilidad. Alcanzó el pozo aproximándose la media noche. Prosiguió avanzando por las áridas tierras tan veloz, que cualquiera lo podría confundir con una aparición o espíritu vengativo. De pronto, el rastro desapareció en medio de un gran claro. Red desesperado corrió hacia delante para ver si las huellas continuaban más allá del claro, daba igual la dirección. Para colmo de su mala suerte, la poción de ojo de Búho, había agotado sus efectos. En la oscuridad de la noche, en la solitaria penumbra de Lomram, ni un alma se percato del grito de impotencia que Red lanzo a los cuatro vientos. Tras desahogar tamaña frustración en el angosto y grave cauce de su garganta, el viajero cayó de rodillas. Se dijo a sí mismo que debía serenarse, que no podía dejarse llevar por las emociones. Adoptó una postura de meditación y puso los cinco sentidos en el paraje que le rodeaba. Omitió el sonido de la respiración, después dejó atrás el concepto de su ser. Tan solo percibía la energía que manaba de la tierra. Comenzó a sentir una leve vibración, muy sutil y distante, como el latir moribundo de un ser subterráneo que apenas crepitaba a través del suelo. Se acordó del viejo Eúdëmbel y como este parecía saber a lo que se iba a enfrentar, puesto que era la poción “solitaria” lo que necesitaba en ese momento. Esa poción aumentaba los sentidos y la percepción de la magia, abría el tercer ojo (la clarividencia) y calmaba el espíritu. No perdió ni un segundo. En la misma postura de meditación, ingirió el brebaje. El corazón se disparó, de pronto le costaba respirar, una pequeño escarabajo pasó frente a él, pero los pequeños pasos del insecto le llegan a los oídos como el sonido de graves losas cayendo al suelo. La cabeza le dolía horrores y a sus ojos, la tierra se movía como si el creador agarrara la realidad y la sacudiera enérgicamente. A Red le tomo un buen rato sobreponerse y dominar los violentos efectos secundarios de la poción. Ahora lograba percibir con suma claridad el leve crepitar de antes. Lo oía y lo sentía bajo su cuerpo. Oía tambores, un sonido rítmico y siniestro como en un ritual tribal.

  Gracias a la pócima no le costó dilucidar que bajo él, se hallaba una gran oquedad oculta por algún hechizo o mecanismo. Red se puso en pie, juntó sus manos entrelazando los dedos que simulaban runas mientras recitaba un hechizo de anulación. No surtió efecto alguno. Ni con la claridad mental que le proporcionaba la pócima lograba acertar con el hechizo que le permitiera revelar la entrada de la cueva.

  —Si la magia me niega el paso, si la razón me oculta el sendero, la fuerza abrirá ante mí el camino   —sentenció vehemente.

  Por tercera vez en esa noche, volvió a echar mano del cinturón. La “poderosa” poción que el viejo alquimista le advirtió que solo usara en caso de extrema necesidad. Y la ocasión lo requería. No se fiaba mucho de las palabras de Eúdëmbel en lo referente lo que “Súmmum” era capaz de desatar. Prefirió apartarse fuera del claro, al abrigo de unas grandes rocas. Una vez allí, se disponía a lanzar el frasco contra el claro cuando tropezó y cayó al suelo. Dio gracias a los dioses por sus reflejos y porque los efectos de “solitaria” aún perdurasen; la poción se mantenía entre sus manos. De pronto, el sonido de unos engranajes chirriantes le alertó. Asomó la testa entre la rocas y vio como en el suelo del claro se abría un pasadizo. Tropezó con el mecanismo oculto que abría las puertas hacia esa caverna en la que se escondían los captores de Anubis.

  No se lo pensó dos veces, se adentró hacia lo desconocido.

  La entrada daba a un pasadizo lo bastante grande como para que pasaran cuatro bueyes juntos y tan alto como tres hombres. Se procuró una antorcha y comenzó a andar por aquel gran paso. El color de la roca iba clareando según avanzaba, y cambiaba la textura de áspera a arcillosa. La humedad crecía por momentos y con ella, una apremiante sensación de falta de aire. El crepitar que percibía desde la superficie lo notaba ahora con mayor fuerza. Sin lugar a dudas eran tambores. Debían ser como un centenar para sentirlos desde la superficie y sobre todo, como el retumba grave hacía palpitar su pecho. Apretó el paso con la esperanza de llegar cuanto antes al final de ese pasadizo y respirar aire más fresco. Al fin vislumbró lo que parecía la entrada a una especie de vestíbulo. Penetró en la pequeña sala con unas inscripciones talladas en las paredes. Según avanzaba el camino se hacía más y más angosto. Continuó hasta el siguiente portal. Un vez allí, se quedó boquiabierto. Ante él, una gigantesca ciudad subterránea. A sus pies descendía un estrecho sendero, al descubierto, hasta otra pequeña cámara. Luego seguía descendiendo hasta que un giro a la derecha lo hacía penetrar en la roca. Parecía que podría tardar cerca de una hora en terminar el descenso. El sonido de los tambores le llegaba más fuerte que nunca e invadía todo el recinto como si la propia caverna latiera de vida. Avanzó con cautela, atravesó nuevamente la pequeña sala y continuó hasta adentrarse de nuevo en la oscuridad. Allí la senda se estrechaba hasta que alcanzó un cruce de caminos. Se decidió por el pasadizo donde la luz llegaba con más intensidad. Llegó a un gran salón con dos filas de columnas a cada lado de una tosca elaboración. La estancia estaba bien iluminada por antorchas y lo que vio allí lo dejó conmocionado. En los capiteles de cada columna, a modo de decoración, había cabezas de huargos disecadas. Las cabezas estaban colocadas de tal forma que si mirabas desde el centro de la sala, uno se sentía rodeado y amenazado por una manda furiosa de estos fieros cánidos.

  Red temió lo peor. Había llegado tarde. En esos instantes en los que la creciente ira   cegaba sus sentidos, no lograda distinguir si alguna de esas cabezas pertenecía a Anubis. La rabia lo consumía por momentos. Alguien entró desde el otro lado de la gran sala. Lucía forma humana, su cuerpo estaba cubierto de gruesos jirones de pieles de diferentes tonos de grises. Calzaba unas botas extrañas con forma de garra de oso, pero dividida en dos grandes zarpas, la cabeza la llevaba totalmente cubierta por una extraña máscara de madera con la forma de una especie de demonio de expresión furiosa. El extraño, hizo soplar un cuerno. Al tiempo, otros cuernos resonaron desde la distancia. Antes de que pudiera reaccionar, frente a él, cerca de una veintena de ellos se adentraron en la sala en una especie de formación cerrada de escudos y lanzas. Red desenvainó a Danzarina. Con ella en la mano, extendió su brazo hacia un lado,  en un ángulo abierto, alzándola, como si apuntara al horizonte bajo las entrañas de la tierra. La espada comenzó a emitir una sutil vibración, difícil de distinguir al principio, pero fue aumentado en poco segundos. La hoja emitía unos destellos aurinegros a medida que la vibración de Danzarina aumentaba de manera exponencial. La formación de la tribu, con las picas al frente, avanzaba con ritmo pausado pero decidido a acabar con el intruso. Red los miró con un odio visceral, algo tan profundo que jamás había sentido.

  —Bestias desalmadas. ¡Yo os arrebataré vuestro mundo! Caeré sobre vosotros como un ángel de la muerte. ¡Esta ciudad será vuestra tumba! 


  La formación cargó contra el viajero. Red apretó con fuerza los dientes, adelantó el pie izquierdo, giró sobre sí mismo y descargó su arma en el aire. Un haz de luz, del grosor de una hebra, salió proyectado con un poder arrollador. La fila de columnas más próximas al centro de la sala, fueron quebradas como si de ramas secas y huecas se tratase. La formación fue derribada en el acto y tanto los escudos como los cuerpos de sus portadores quedaron cercenados en dos mitades. No hubo gritos de dolor, ni el ardiente fragor de la batalla, tan solo silencio y muerte.

  Red avanzó movido por la ira con la intención de reducir aquella ciudad de bárbaros a cenizas. Los tambores volvieron a resonar en el corazón del viajero. Se movía al ritmo de repique, como lo poseyera por algún tipo de hechizo y él se dejara arrastrar por su influencia. Según avanzaba adentrándose aún más en las profundidades, salían a su paso, uno tras otro, guerreros como los que abatió en la anterior cámara. No se distinguían entre ellos, parecían copias que algún tipo de magia lograba invocar.

  Al fin llegó a la entrada de la ciudad. Red observó a su alrededor. En una construcción de forma piramidal, la cual estaba concebida para ser vista desde cualquier punto de la urbe, una veintena de esas bestias, martilleaban unos pesados tambores del tamaño de una rueda de carreta. Se concentraban en torno a un gran altar de piedra, que a su vez custodiaban diez de aquellas bestias ataviadas con unas pieles de color ocre y granate. Sobre el altar, reposaba lo que parecía una gran jaula cubierta por una pesada lona. En lo alto de la ciudad subterránea, en el cielo de roca, a través de una abertura que probablemente llegaba a la superficie, entraba un rayo de luz tenue pero visible, que poco a poco iba escalando por un lateral de la pirámide. Los tambores aumentaron la intensidad del repique. Bajo el sonido de estos, se deslizaba el clamor de decenas o cientos de fieles, que esperaban con fervor que culminara aquel despreciable ritual a ojos del viajero.

  Red se dirigió hacia la base de la pirámide. Su intención era echar por tierra ese ritual y aprovechando la congregación de esas bestias desalmadas, acabar con todas y cada una de ellas. En el fondo, el viajero era consciente de que bajo esos toscos y primitivos atuendos, había seres humanos. Personas que adoraban a una deidad maligna, personas cuyas costumbres procedían de una edad en la que el hombre se asemejaba más a zafias alimañas que a un ser civilizado. Por este motivo los calificaba como bestias y la sentencia era su aniquilación total. Él mismo, bajo la venda de la ira, se había proclamado juez, jurado y verdugo de aquellas gentes demoníacas.

  Llegado al momento, el viajero ingirió la poción “aliento de dragón”, que le concedía la habilidad de invocar grandes llamaradas proyectadas desde la mano. Según avanzaba por la ciudad, fue creando un caos brutal. Decenas de “bestias”, hombres, mujeres o niños, caían bajo el acero de Danzarina o pasto de las llamas. Alcanzó la base de la pirámide. Esta vez los guerreros le salían al paso por decenas. El ritual seguía su curso, los tambores redoblaron esfuerzos para alentar a sus guerreros contra el atacante invasor. El corazón del viajero latía al unísono con el repique y su sed de sangre se acrecentaba por momentos. Más guerreros le salían al paso mientras ascendía. Una finta a la derecha, cercenaba un brazo; giraba sobre sí mismo, caía una cabeza escaleras abajo; un salto hacia delante, ensartaba su acero en el torso de su atacante; Otra finta, invocaba al “aliento de dragón” y abrasaba a quien se interpusiera en su camino. Tras de sí, dejaba una imagen que se podría asemejar al infierno: cuerpos desmembrados gimiendo, cadáveres calcinados, brazos, torsos por doquier en cada escalón que ascendía hacia la cima de la pirámide, iluminados por los crecientes incendios de la ciudad…

  De repente, el halo de luz se posó sobre el altar y cayó la pesada lona de la jaula. Red no distinguía qué clase de ser había encerrado en aquella aparatosa jaula. Hasta que un alarido, un potente aullido se sobrepuso al repique de los potentes tambores. El viajero pareció salir del trance en que estaba sumido. Alzó la vista logró ver a su amigo Anubis. ¡Aún vivía! Corrió escaleras arriba con el “aliento del dragón” precediendo su marcha, quería salvar la vida del huargo costara lo que costara. Se enfrentó a los pocos guerreros que custodiaban la jaula con destreza. Manejaba el filo de su hoja como una extensión de su alma.

  Los tambores cesaron.

  De un golpe seco, destrozó los goznes que mantenían prisionero a Anubis. Este saltó de su jaula con las fauces abiertas, con claras intenciones de atacar. Red temió que su amigo no lo hubiera reconocido, ya que estaba cubierto por la sangre de todas las vidas que había arrebatado durante la noche. Se arrugó en el suelo y el huargo pasó por encima de él. Acto seguido se escuchó un grito agónico. Red se giró desde el suelo y vio como Anubis devoraba a uno de los “sacerdotes” que presidían la ceremonia.

  No hubo tiempo para saludos, ni un efusivo reencuentro. Ambos cruzaron la mirada y sin mediar palabra, el viajero tomo el camino de regreso a la superficie seguido de cerca por el huargo. En su huída no combatieron mucho. Se limitaban a apartar a aquel que se interpusiera en el camino a fin de acelerar lo máximo posible el paso. Poco a poco una hueste de guerreros de máscaras demoníacas iban tras ellos y las lanzas le llovían sobre sus cabezas. En el largo sendero de ascenso, más y más demonios les intentaban cortar el paso. Hasta que en la cámara donde había derribado las columnas, se vieron atrapados. Ambas entradas estaban atestadas de sus perseguidores. Red intentó hacer uso de “aliento de dragón”, pero de la mano tan solo voló una pequeña flama incapaz de prender una simple vela. Anubis gruñó de rabia y cargó contra los guerreros que cerraban el paso hacia la ruta de salida. Incapaz de detenerlo, Red fue tras él. Antes de que pudiera hacer nada el huargo estaba enfrascado entre una maraña de lanzas que le aguijoneaban sin cesar. Red pudo llegar a tiempo de que no mataran a su amigo y juntos pudieron abrirse paso antes de que el resto de la hueste de demonios guerreros los alcanzase. El huargo se desangraba mientras terminada el ascenso por el sendero y arrastraba en su lomo tres lanzas que le habían clavado en la refriega. Ambos intentaban avanzar a toda velocidad pero era imposible escapar de sus perseguidores. Las lanzas llovían desde todas las direcciones. Una le alcanzó de lleno a Red en la pierna y dos más a Anubis en el lomo, cerca del cuello. El aullido de dolor agónico que profirió, hizo que Red se preparara para el final. Se interpuso entre el huargo y las lanzas.  Juntos iban casi arrastrándose cuesta arriba. Tiraban el uno del otro, esquivaban a duras penas la lluvia que arponeaba el sendero de salida. Algunas las conseguía apartar con su pequeño y desgastado broquel, otras las esquivaba y otras tantas las desviaba con la hoja de Danzarina para protegerse a él y a Anubis.


  Desesperado por la situación crítica, el recuerdo de Eúdëmbel acudió a la mente del viajero: “úsala únicamente como último recurso”. Aún le restaba la poción “Súmmum”. Tomó la pócima con la mano, no sabía muy bien cómo activarla. Gritó desesperado y la arrojó cuesta abajo. La horda de guerreros después de todo el poder destructivo que había desatado aquel intruso, se detuvo estupefacta al ver el frasco rodar cuesta abajo. Aquel momento de incertidumbre, lo aprovecharon los dos amigos para salir a la superficie. Lograron vislumbrar el cielo estrellado y una luz tan cegadora como diez soles brotó del suelo. A los pocos segundos, un estruendo, un ruido como si un millón de dragones respiraran siseantes al unísono, recorrió los cielos. Red apremió al huargo para abandonar la zona ya que el suelo se derrumbaba a sus pies. Cuando todo hubo terminado, ambos, con heridas de cierta gravedad, miraron a su alrededor. Bajo la luz del amanecer se descubría un gran socavón en el que cabría un millar de carretas al menos.

  Durante un largo rato, quedaron tendidos boca arriba para recuperar el aliento. Red se incorporó y advirtió con horror que el huargo no respiraba. Red se esforzó en conjurar un hechizo de curación, pero sus fuerzas estaban ya muy mermadas. Adoptó una postura de meditación, conminó las últimas fuerzas, hasta su propia corriente vital en el conjuro. El rostro de Red palidecía por segundos debido al ingente esfuerzo. Advirtió que las profusas heridas de Anubis cesaban de sangrar y, tras unos minutos un leve hálito de vida surgió del huargo. Red cayó inconsciente.

  El sol implacable del mediodía lo despertó. Anubis yacía a su lado.

  —Despierta gandul —dijo en tono paternalista al tiempo que le propinaba una leve coz.

  Anubis se incorporó con cierto esfuerzo. Los dos emprendieron el camino de vuelta hacia kmoonlard, pensando ya en las comodidades del castillo, en un regreso triunfal donde los que le precedieron habían perecido, en las suculentas sobras de la taberna, en baños de aguas cristalinas y en cerveza y en vino especiado; mas lo que les esperaba al llegar a su destino, sería muy diferente.

  Alcanzaron la entrada este de Kmoonlard bien entrad la noche. Una guarnición compuesta de veinte lanceros, seis jinetes, un alquimista y un sargento les esperaba. Este último se adelantó unos pasos:

  —Redmond Anfítrite de Kithnos, debes responder ante el gran consejo de Kmoonlard y ante el gran Rey.
  —¿Qué ha ocurrido en mi ausencia para requerirme de esta forma?
  —Se os acusa de los crímenes de traición, genocidio, uso de magia prohibida y alterar la paz del Rey.
  —No comprendo. Si como puedes comprobar, he estado lejos de los dominios de vuestro reino.
—No es a mí a quien debéis dar explicaciones. Ahora entregaos o morid aquí.

  Anubis reaccionó de forma brusca ante las amenazas del sargento. Los lanceros tomaron posiciones,  los jinetes les rodearon y el alquimista ya estaba listo con una poción en la mano.

  —¡Calma! Calma todos. —Mira al huargo—. ¿Qué ocurre chico? No temas. Debe de tratarse de un error, ¿de acuerdo?
  —Eso lo decidirá el gran consejo —sentenció con brusquedad.
  —No me dirigía a usted sargento. Iré de buena gana a aclarar este asunto con el consejo. ¿Cuándo será la vista?
  —Os están esperando.

  La comitiva atravesó los muros del castillo bajo la atenta mirada de sus habitantes. La expectación era notable. El consejo no se suele reunir de manera tan irregular. Los cuchicheos se oían a medida que transitaban por las calles, los rumores volaban de una puerta a otra. Llegados al fortín que precedía la cámara del consejo, Red y Anubis fueron separados. Uno fue a responder a las acusaciones y el otro fue a parar a una gran jaula de barrotes de dimerita. Accedió a la cámara del consejo. La sala era enorme, de forma circular. Se dividía en pisos que formaban anillos concéntricos en los que el consejo y el rey ocupaban lo dos primeros. El resto de los pisos solían llenarlos con la plebe, para que admirase cómo el reino administraba justicia. Pero en el grave caso que les atañía, la discreción era más importante. Red se encontraba frente a un ostentoso estrado, donde se sentaban los seis grandes miembros del consejo real; Deífobo, arconte de los alquimistas; Cretón, legislador Real; Eunosto, prior de la cámara de los viajeros; Acrisio, sumo sacerdote del culto a los cinco; Layo, consejero Real; Mopso, representante de la Universidad. Más arriba, en un majestuoso trono de oro y ébano, rodeado de su escolta, el rey Heracles XLVI.

  —Redmond Anfítrite de Kithnos, se te acusa de graves crímenes contra el glorioso reino de Kmoonlard. ¿Qué tenéis que decir en vuestra defensa? —Comenzó la acusación el legislador Cretón.
  —Podré defenderme de los cargos cuando entienda la razón de estos.
 —Haceros pasar por necio no es propio de un prestigioso camarada de la orden de los   viajeros como vos  —apuntó Eunosto.
 —Pues perdonad mi necedad, maestro Eunosto. Desconozco mi implicación en tales crímenes.
  —No penséis por un instante que ser desconocedor de las leyes os exime de su cumplimiento maese Redmond. Si continuáis por esa senda, no tendremos más remedio que dictar sentencia, mas no aclararemos qué os ha llevado a cometer tales actos aberrantes  —aseveró Layo.
  —Pero os repito que yo no…
  —¡Basta! —exclamó el rey Heracles—. Me agotan estos rodeos innecesarios. Viajero Afítrite, ¿negáis haber realizado una incursión a las tierras de Lomram? ¿Negáis haber hecho uso de magia prohibida por medio de la poción “Súmmum"? Y por último, ¿negáis haber destruido la antigua ciudad de Kith’Orini y con ella a toda su raza?

  La tenue luz de las antorchas ensombrecían la pálida tez de Red. Los consejeros se revolvieron incómodos en sus asientos debido a la afrenta de ver a su rey alzando la voz ante su acostumbrada verborrea.

  —Reconozco que los actos que mencionáis, mi gran rey, los he cometido yo. Sin embargo, no bajo los términos en los que esta cámara me acusa —reconoció apesadumbrado.
  —¿Cómo es eso posible? —inquirió el consejero Mopso.
 —Yo no buscaba enfrentamiento con esas gentes adoradoras del mal. Secuestraron a mi   huargo para algún sacrificio o ritual. Reclamé su vida, puesto que me pertenece. Me negaron la petición con el frío acero. No tuve más remedio.
  —Vuestra intención no justifica la gravedad de vuestros actos. El fin no Justifica el obra —replicó Mopso.
  —¿La vida de vuestro huargo acaso es más valiosa que la de toda una civilización?     —recriminó vehemente el consejero Cretón.
  —¿Qué os importan esas gentes? Debería de agradecérseme el haber acabado con un peligro así. Vuestros ciudadanos temen adentrarse en Lomram. Creen que son malditas dichas tierras.
  —Viajero Afítrite, veo que sois más necio de lo que en un principio valoramos. —Comenzó el alegato el consejero Mopso—. El reino de Kmoonlard a protegido Kith’Orini desde hace siglos. Su origen data de la era del gran cataclismo. Surgieron nuevos reinos y la humanidad en la superficie avanzó en post de la asombrosa modernidad en la que vivimos. Mas estas gentes que calificas de “adoradores del mal”, anclaron sus costumbres a aquella edad debido al férreo aislamiento al que fueron sometidos. El temor a otro cataclismo, el mismo que has provocado, es lo que los condujo a vivir de aquella manera. Desde el surgimiento de nuestro glorioso reino, hemos mantenido buenas relaciones, intercambiado presentes… pero siempre respetando sus deseos de ser invisibles para la humanidad. De ahí la leyenda de que Lomram son tierras malditas, es la forma en la que se convino para respetar el pacto. El miedo mantiene a nuestro pueblo lejos de Kith’Orini. Si algún insensato se atrevía a cruzar dichas tierras, acababa en la ciudad subterránea; su suerte no nos incumbía. Pero ayudaba a mantener vivo el pacto.  ¿Sois consciente ahora de vuestro crimen?
  —No hallo palabras ahora mismo —dijo Red cabizbajo.
   —Cada lustro, los Kithorianos nos entregaban un recién nacido como presente  —apuntó Eunosto—. Estos niños siempre han sido el orgullo de la orden de los viajeros, como vos los erais. Un “Kithnos” era sinónimo de orgullo. Estaréis satisfecho con vuestra ignominia.
  —Me siento consternado por lo que aquí se me revela… —sentenció Redmond.
  —Sin contar —interrumpió excitado Deífobo— que has hecho uso de “Súmmum”, un poder ancestral prohibido. Causó el gran cataclismo de la antigüedad. ¿Qué clase de enfermedad nubló tu juicio?
  —Fui advertido de su poder, pero desconocía la verdadera magnitud de este —aseveró el viajero.
  —No necesitamos más, consejeros —dijo Eunosto que daba por finaliza la vista.
  —En efecto —respondió Layo—. ¿Estás preparado para tu sentencia?
  —Sí.
  —Redmond Anfítrite de Kithnos, seréis sentenciado a muerte —dijo el consejero Layo con satisfacción.
  —¡No! —exclamo Red—. ¿Y qué le pasará a mi huargo, Anubis? ¿Y Eúdëmbel? No culpéis a ellos de mis actos. Os lo suplico, ¡sed justos!
  —El huargo al que llamas Anubis, será llevado a su tierra natal, de donde jamás hubo de ser separado. Y al alquimista Eúdëmbel, será ejecutado también por traición y por posesión de magia prohibida. Como ves, en esta cámara se administra justicia de manera taxativa, no movidos por nuestras aspiraciones o deseos —sentenció Cretón.
  —Podré despedirme de él. Os los ruego.
  —La sentencia se ejecutará de inmediato.

  La guardia de la cámara sacó a Red a la fuerza. Observaba que tanto el consejo como el rey, abandonaban la sala ignorando su última voluntad. Lo condujeron a la plaza principal del castillo, donde ya estaba congregado el populacho y estaba todo dispuesto para la ejecución. En el centro de la gran explanada, Red observó como la guardia ultimaba los preparativos de la ejecución. Dos grandes piras se alzaban sobre la multitud que le esperaba con ansias para verle arder. Eúdëmbel ya se encontraba maniatado firmemente al pilar central y no mostraba signos de estar consciente. Minutos después, cuando el viajero se encontraba ya fijado al poste que le correspondía, el consejero Cretón, acudió junto a él con un grueso pergamino entre las manos:

  —¡Leal pueblo de Kmoonlard! Hoy impartimos la justicia del rey. Estos dos traidores serán ejecutados por los crímenes de hechicería ilegal, tenencia de magia prohibida, contrabando de productos alquímicos, el grave crimen de adorar a los falsos dioses del Este; dioses malditos venidos de las tierras execradas de Lomram…

  Red al escuchar la elaborada maquinaria de la justicia Kmoorita, comprendió que su suerte se decidió en cuanto salió del taller de Eúdëmbel, días atrás. Una maquinaria bien engrasada y orquestada para mantener sus intereses. Alzó la cabeza y observó el hermoso cielo estrellado. Buscó la constelación del lobo, encomendando su alma a la protección de su querido amigo y única familia. Entre el clamor de los habitantes que rugían por satisfacer sus ansias de sangre, el viajero oyó un grito por encima del resto. Bajó la testa hacia la multitud y allí estaba Ixia. Vio como las lágrimas acariciaban su rostro, como sus ojos mezclaban una expresión de decepción y congoja.

  Las llamas ascendían carmesíes reptando por su cuerpo y las estrellas permanecieron inmutables en el infinito firmamento.



Comentarios

  1. Yo he leído las dos partes seguidas y me ha gustado mucho la historia, aunque el final me deja un poco triste. Me gustan los finales felices... 😊

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