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RELATO Nº1 --AGOSTO--

RELATO Nº23 --CRÓNICAS DE LOS KARKANDA--

Hola a Todos. Vengo con Relato Corto. Una nueva semana que les traigo algo de lecturilla para entretenerlos un rato. Esta semana quiero agradecerle a Ehedey la idea para este relato. En una comida con unos amigos, en medio de la conversación, estábamos intentando recordar un título de una novela y él a "crónicas de..." le añadió por hacer la gracia, "rinocerontes". Mi respuesta fue inmediata, le dije, Eso da para un relato y más...ya tengo dónde inspirarme. Desde aquí mi más sincero agradecimiento y afecto por inspirarme con tus locuras... ;-)  Y aquí les traigo este relato lleno de leyendas y magia, en un mundo dodne los humanos no existían aún. Sin más, espero, como siempre, que disfruten de su lectura tanto como yo disfruto escribiéndolas.








CRÓNICAS DE LOS KARKANDA




En una larga tarde, cuando el sol enrojecía y las aves buscaban refugio en la copa de los árboles, Sarkin, merodeaba ocioso cerca de la gran roca sagrada. Aburrido de sus propias travesuras, el joven cachorro observó al custodio de las tres verdades, ataviado con su particular hábito carmesí que le cubría de los pies al rostro. Aquel monolito de proporciones gigantescas a ojos de Sarkin, era casi tan alto como dos jirafas y tan ancho como cinco elefantes. No había nada igual de imponente en toda la sabana. El pícaro infante, maquinó otra de sus fechorías, pero al llegar junto al viejo guardián, lo encontró divagando, balbuceando alguna leyenda o cuento. De pronto la curiosidad del pequeño, despertó:

—…fue el día del eclipse. Sí, me suena que ocurrió en el mismo año que tus bisabuelos se casaron.
—¿El eclipse en el que todo se volvió rojo? —preguntó con asombro el cachorro.
—Sí, ese mismo. Lo recuerdo como si hubiera sido ayer…
— Pero de eso hace más de cien inviernos, ¿Cómo vas a recordarlo? Si ni siquiera habías nacido.
—¿De verdad crees eso pequeñajo? No hay nadie más anciano que yo ni en la tribu ni el antiguo clan. Habré vivido mucho y estaré postrado bajo la sombra de la roca sagrada la mayor parte del día. ¿Piensas que este anciano viajero de la sabana ha perdido la memoria? No era mayor que entonces, pero te aseguro que todo ocurrió tal cuál te lo voy a contar. Yo viví en tiempos de Siumikan.—sentenció con tono vehemente.
—¡Anda ya, viejo! ¿No será otra de tus batallitas?
—¡Ay! Estas camadas de hoy día son de lo peor, se creen que lo saben todo. Fuimos tus bisabuelos y yo quienes encontramos estas tierras donde pastas ahora, fuimos nosotros quienes echamos al clan de las hienas al otro lado de las montañas, ¡nosotros! ¿Y dudas de mi palabra? Si has venido a mofarte de este anciano, ya puedes irte. Primero  preguntas por las tres verdades y luego me tachas de petulante charlatán. ¡Qué impertinencia muchacho!
—Pero si yo no… Vaaaale tú ganas anciano, pero antes, déjame contar los anillos de tu cuerno. Dicen que nadie ha conseguido contarlos.
—¡Ni yo mismo he sido capaz! Tengo tantos que incluso me tapan la vista. De todos los miembros del clan tan sólo el legendario Siumikán tenía más anillos que yo.
—Juer viejo, mira que me lías, ¿pero no ibas a contarme lo de las tres verdades?
—Sí, sí, no seas impaciente. Todo ha de contarse con su debido ritmo. Y sobre todo, a su debido tiempo.

Pues harán cien inviernos, como bien has supuesto, con sus respectivos veranos, que sufrimos una de las pérdidas más dolorosas desde que el clan tiene memoria, desde que el hermano de Siumikan, Atogo, formara nuestra tribu y comenzara a trasmitir sus conocimientos. Y hoy te los voy a trasmitir a ti.

Yo, como te decía, no era mayor que tú. Tendría dos o tres veranos en este mundo y nuestro clan, los Karkanda, menguaba con cada luna. Corrían tiempos aciagos, las grandes llanuras antes verdes y llenas de vida, ahora  eran desiertos, puesto que los ríos no crecían  en primavera y los árboles no cantaban su canción de floración. El gran clan de los leones, nos acosaba desde el norte, y desde el oriente, las temidas tribus del clan de los dientes de sable: los sombras, los destellos del alba, los desgarradores, los rompe cráneos y los colmillos rojos. Todos ellos nos subestimaban. Nos veían como una raza torpe y lenta, como no éramos rápidos, ni poseíamos colmillos para luchar, nos rebajaron a comida. Sólo contamos con este cuerno, hijo. Para nuestro clan el cuerno era un motivo de estar orgulloso, una forma de ostentación y nunca, jamás, algún otro miembro del clan pensó que se podría usar como arma.  Nadie, hasta que llegó Siumikan.

—Te lo estás inventando abuelo. Además, ¿Qué tiene que ver ese cuento con las tres verdades?
—¡Todo! Cachorro impertinente, y nada ahora mismo. Para ti no significa nada. No ves mas allá de los anillos de tu cuerno y eso fue lo que nos condenó hace años. Cachorros que son un incordio como tú.
—¡Bah viejo! ¡Cómo te pones! Me callo.
—Muy bien. El silencio es un don que muy pocos conceden. Te lo agradezco.

Como iba diciendo, Siumikán poseía un cuerno prodigioso, ornamentado con todo tipo de fruslerías y más grande que el que luce tu abuelo hoy. Los ancianos habían vaticinado el fin de los días oscuros con profecías que se antojaban indescifrables hasta para los más sabios; “cuando Mexetz, la que trae la luz en la noche, consiga la daga de kixón, cabalgará sobre el alba para degollar a Sikztu, hacedor de la vida. Teñirá la tierra con su sangre y el clan de los Karkanda encontrará su futuro, mostrando humildad ante Mexetz.” 

Sólo uno de nosotros, alcanzó a comprender, sólo uno de nosotros creía que nuestro clan y todas la tribus de rinocerontes de la sabana estábamos destinados a algo más grande, a tener derecho a unas tierras, a no ser cazados; a vivir con dignidad. Atogo reunió a todas las tribus del clan, dijo que los dioses le habían hablado y que al día siguiente, la profecía se iba a cumplir. Dijo que su hermano Siumikán era el elegido. Atogo había adquirido la habilidad de descifrar las profecías y Siumikán, había sido ungido por las doce deidades. Muchos se rieron, otros los tomaron por locos, otros por charlatanes ávidos de protagonismo. Sólo unos cuantos, incluidos mis padres les creyeron. “Al alba, los que queráis construir un futuro fuera de las tradiciones que nos han esclavizado durante generaciones, reuníos en la frontera sur y seréis testigos del nacimiento de una nueva tribu, una tribu sin miedo.”  

Al día siguiente, sólo acudieron un total de cuatro familias. Cuando el sol casi llegó al mediodía, Mexetz apareció surcando los cielos en un carruaje oscuro como la noche, como vaticinaron las profecías, degolló a Sikztu y el día se torno rojo, tan rojo que se oscurecieron los cielos y la tierra. Siumikán se postró ante la diosa como símbolo de su humildad y respeto, llevando su cuerno casi a ras de suelo. En ese instante, en la rojiza oscuridad, nos emboscaron unos Sombras del clan de los sables. Siumikan, pensando que su destino era morir a manos de esos malhechores, no levantó la cabeza, mantuvo la reverencia. Y en un abrir y cerrar de ojos, uno de los Sombras quedó ensartado en el poderoso cuerno de Siumikán. He ahí el milagro de la profecía.

Atogo, comprendió de inmediato el poderoso regalo que nos habían concedido los dioses y llamó a todos para que imitaran a Siumikán. Todos se inclinaron ante Mexetz y a la voz de Atogo comenzaron a cargar contra los asaltantes. Ni uno solo sobrevivió.  La sangre de nuestros asesinos cubría el suelo y no la nuestra. Desde ese día, nunca volvimos a ornamentarlos, salvo en el ritual de iniciación de los guerreros, como conmemoración de esa hazaña. Ahora sabes por qué se hace el ritual, pequeñín.

Cuando Mexetz sació su sed de sangre regresó con su carro a las tinieblas y con el primer rayo de luz que surcó el horizonte, Atogo tuvo una visión. Una imagen de las tierras sagradas que ahora habitamos. Más de doscientos días marchamos en su busca. Y cuando por fin llegamos, el día del solsticio de invierno, en medio de una tormenta, el clan de las hienas pensó que seríamos perfectos para llenar su despensa. Atogo reunió a las cuatro familias para escondernos en una gruta cercana.  Siumikán, se enfrentó solo a las huestes de las doce tribus de las hienas justo aquí, al pie de la gran roca sagrada. Las combatió durante los siete días y siete noches que duró la tormenta. Cuando Atogo, al amanecer del octavo día no pudo soportar más la espera, acudió en busca de su hermano. Lo halló  moribundo, en lo alto de la roca sagrada y los cuerpos de más de cien hienas amontonados a los pies del monolito. Era una visión espantosa. Siumikán al ver llegar a su hermano, dijo: “Venera esta tierra como veneras a Mexetz, jamás combatas la ira con la ira, hermano, sólo hallarás la muerte. Y por último hermano honra a las cuatro familias que peregrinaron hasta aquí, sin su fe no se hubiera cumplido la profecía.”

Ahora podrás creerme o no. Pero yo era un joven curioso e inquieto y al ver que Atogo salió en busca de su hermano, no tardé en escabullirme tras él. Me aterró el lugar nada más verlo, pero algo me empujaba a seguir. Al llegar casi la misma altura de Atogo, un gran rayo cayó sobre la roca sagrada. Siumikán había desaparecido. Donde antes la sangre de nuestro héroe bañaba la roca, quedaron grabadas sus últimas palabras, las que ahora conocemos como ”las tres verdades”. Son los pilares sobre los que se asientan nuestra tribu. No lo olvides. 

El pequeño, ahora con un semblante dividido entre el asombro y la duda, no podía dejar de mirar al anciano. Se preguntaba si realmente ese viejo carcamal, como siempre lo había llamado, era de verdad parte viviente de la historia de la tribu o un simple charlatán. Y mientras se prolongaba el silencio entre ambos, un detalle llamó su atención, algo que para él sería un prueba de que ese viejo charlatán decía la verdad:

—Viejo, con ese hábito que te cubre el rostro no te veo los ojos, ¿eres ciego verdad?
—Perdí la vista por ser un crío demasiado curioso, como lo eres tú. El día que calló el rayo, la luz fue tan  intensa que me dejó ciego. Y desde entonces, vivo aquí, a los pies de la roca sagrada, trasmitiendo la sabiduría de las tres verdades.
En ese momento, el cachorro, hizo un profunda reverencia y llamó al viejo por su nombre, Inatogo, que significa, “hijo de Atogo”.

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*Mexetz: La que trae la luz en la noche, la dama errante. Durante el día es la vigía de la muerte y durante la noche se lleva las almas hacia el cielo sumando una estrella más en el firmamento. Se asocia siempre con la luna.
*Sikztu: Hacedor de la vida, mantiene una lucha eterna contra Mexetz, puesto que ella es la que “roba” las almas que Sikztu dota de vida en la tierra. En primavera, le da voz a la vida. Su voz hace que los hielos de las montañas se derritan y se formen los ríos, hace que los árboles florezcan y que nazcan las crías de todas las criaturas de la sabana. Se asocia siempre al sol.
*Kixón: Daga sagrada, con la que la muerte extrae las almas a los muertos y única arma capaz de herir a Sikztu. En ocasiones cuando la muerte baja la guardia, Mexetz roba la daga y cabalga durante el día para dar muerte a Sikztu degollándolo. Entonces el cielo y la tierra se bañan con la sangre del dios sol, Siempre son interpretados como malos presagios, como el de la caída del Clan de los dientes de sable en el ocaso de la segunda edad.  En otras, Mexetz, su ira la lleva a cabalgar desarmada y tan sólo consigue ocultarlo por unos momentos, antes de quemarse con la luz de Sikztu y retirarse.
*Karkanda: Rinoceronte en idioma Hausa africano.
 






Comentarios

  1. ¡Qué historia tan bonita! ¡Y qué buen final! No todo es lo que parece ser y hay que ser pacientes para descubrir el sentido de las cosas. ¡sigue así!

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  2. Preciosa historia, que imaginativa, parece en la primera era de los seres vivos en la tierra. Y como termina,me encanta. De las que más me han gustado.👏👏👏👏👏👏👏👏

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