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RELATO Nº1 --AGOSTO--

RELATO Nº15--IROÍAS DEL DESTINO III--

Buenas a todos. Regresamos tras una semana complicada, en la que me ha resultado difícil continuar como se merece, la historia de nuestro avezado amigo Jack Somers. La historia continúa donde la dejamos, con Jack buscando a Sara por toda la Ciudad de Chicago. He de advertir que esta vez me ha quedado más larga de lo normal, pero tampoco hallé un modo de dividir este relato de forma satisfactoria y dejar el final para otra semana.

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IRONÍAS DEL DESTINO

ParteIII






No tenía más remedio que volver sobre mis pasos a la estación y coger el próximo metro hacia el centro.  Al llegar, me quedé atónito, la chica estaba allí, retozando como un gata en celo en los brazos de un tipo. Eso sí son ganas, pagar cincuenta centavos por ver a alguien especial unos segundos antes. Creo que jamás nadie hizo algo tan estúpido por mí, y que quede claro que yo tampoco soy tan imbécil.

Me tranquilicé unos instantes, me acerqué al pequeño dispensario de prensa junto a la entrada de la parada y disimulé mientras pensaba como diantres voy a colarle la carta de nuevo en el bolso. Mi anterior idea fue un auténtico fiasco y con la compañía que tiene ahora será aún más difícil. Que, mirándolo mejor, le saca como dos cabezas a ella y casi el doble de espaldas que yo.  Más que un amante parece su guarda espaldas.

Les seguí por la ciudad manteniendo la distancia, hasta que por fin se decidieron a parar y tomarse algo en una heladería.  Ya estaba maldiciendo a Dios por mi maldita suerte de estar pateando las calles como un puto poli novato, ¡qué sensación más desagradable e incómoda! Tuve que sacudirme la gabardina un par de veces antes de entrar, como para quitarme el hedor a estúpido que había cogido durante la mañana. Mi  cara de mala ostia no agradó a nadie y la camarera hizo lo imposible por ignorarme todo lo que pudo:

—Señorita, disculpe. No quiero molestarla, llevo un día de perros y quisiera animarme un poco, ¿podría servirme algo…? —Usé mi mejor sonrisa a lo dandy.

—Querido, no hace falta que me digas más, note tu mal humor a dos manzanas de aquí.

La amable camarera, una morena curtida cerca de los cuarenta, se ausentó unos minutos y al regresar puso frente a mí un enorme batido de fresa. Yo no podía estar más sorprendido y cabreado al mismo tiempo, ¿quién demonios se anima con esta bazofia?

—Señorita, por los clavos de Cristo, ¿a quién puñetas le puede alegrar el día esto? ¿Me ha visto la cara? Joder, póngame un whisky triple, como mínimo, y si quiere alegrar a un hombre, añada un poco de soda y una buena sonrisa.

Noté el impulso de la mujer de tirarme el enorme batido por encima. Gracias a Dios, lo retiró de muy malas maneras y volvió con un vaso hasta arriba de whisky; lo puso delante de mí con la sonrisa de asco más exagerada que pudo. Y yo que quería camelármela un poco para que me ayudara con el sobre. Mira que eres gilipollas cuando te lo propones Jack, a eso no te gana nadie.

Después de lamentarme, observé el vaso, y me pregunté si las pequeñas burbujas que revolotean por la bebida son de un poco de soda o que ha escupido dentro la muy… seguro que lo tengo merecido. "¿Qué puede pasarte por un poco de whisky rancio y saliva?", pensé Con una amable sonrisa, miré a la camarera y levanté el vaso con un pequeño ademán de brindis. Mis sospechas se confirmaron al verla con los ojos como platos. Volví a sonreír después de un gran trago. Me gustan las mujeres con carácter, es como verme en un espejo roto, hay muchos pedacitos de mí dentro de ellas que voy descubriendo con el paso del tiempo. Creo que vendré más a menudo por aquí.

Sin yo decirle nada, la mujer vuelve con otro whisky a modo de disculpa, esta vez con soda de verdad y una piedra de hielo. “A esta invita la casa”, me dijo con tono amable.  Vuelvo a alzar mi vaso y brindo a su salud.

Al llegar casi al final del vaso caigo en la cuenta de que los tortolitos estaban saliendo del local. Dejé un billete de diez sobre la barra, busqué a mi nueva amiga con la mirada y cuando sus ojos se cruzaron con los míos le dije: —Por las molestias encanto.

Fui tras ellos calle abajo, iban caminando al parecer sin dirección concreta, no miraban ninguna boutique, ni otro tipo de tienda, nada. Tan sólo paseaban, ¿por este barrio de mierda? ¿Pero qué clase de cita es esta? Y todavía no se cómo diantres arreglármelas para devolverle el maldito sobre. El problema es que no me  podían ver. Piensa Jack, piensa. La anterior cafetería fue una oportunidad de oro perdida, con que la camarera fingiera que se le había caído y devolvérselo era suficiente. Después sólo quedaba ir a buscar a Sara y mandarla fuera de la ciudad, o del estado, o del país si fuera necesario; donde ese malnacido de Costello no pueda encontrarla.

Tras una hora interminable de paseo por las peores calles de Chicago, llamaron a un taxi. Hice lo propio, llamé a a otro y le pedí que siguiera al de delante con el pretexto que eran mis amigos e íbamos al mismo sitio. El billete de viente que le enseñé me ahorró más disculpas estúpidas.

Llegamos a una zona donde habían unos cuantos hoteles. He de reconocer que esta zona en concreto me sigue sorprendiendo, hay hoteles de poca monta por cinco la noche hasta los más decentes y rayando el lujo por cien. Siempre he sabido que es territorio de gánsters, pero traerte a tu chica aquí…esto cada vez mejora. Ya pasaban de las cuatro, imagino que irían a tomarse un descanso y cambiarse para  la cena, o el descanso vendría después de unos cuantos asaltos. No me quedaba otra que ir a la recepción y esperarlos mientras pensaba en algo.

Al entrar, busqué por el hall algún lugar discreto donde tener vigilada la escalera y a ser posible sentado. El recepcionista enseguida hizo contacto visual conmigo, me hizo un discreto gesto para que me acercara al mostrador de la recepción. Yo estaba sorprendido, igual me había confundido, así que en principio, no le hice mucho caso. Hasta que el hombre perdió la paciencia y me llamo a voces:

—¡Monsieur Somers!, ¡caballero!, ¡monsieur Somers, por aquí! ¿¡Monsieur!?

Me acerque muy despacio, con una sonrisa desconcertante y la mano preparada muy cerca de mi revólver.

—Disculpe, ¿me conoce?
—Monsieur le están esperando en la habitación tres doce, segunda planta.
—¿Cómo dice? ¿Quién?, yo no conozco a nadie alojado aquí,  de hecho sólo estoy de paso. Me pareció ver a un viejo amigo entrar y vine a echar un vistazo. Ya me iba.
—Pues debe ser su amigo el que lo espera monsieur.
—Te repito que yo aquí no pinto nada y como me vuelvas a llamar “mesiu” te doy de ostias hasta que cagues tus dientes, ¿me oyes?, maldito hijo de perra franchute libertino .

El recepcionista sin inmutarse ni un solo pelo de ese estrambótico bigote me señala las escaleras y me vuelve a dar  indicaciones:
—Monsieur, segunda planta, habitación tres doce. Su amigo dijo que tienen negocios que atender y que la chica les acompañaría.

—¿Chica?, ¿qué chica?, ¿cuál es su nombre?
—Habitación tres doce monsieur.
—Me cago en mi maldita suerte, joder, ¿te pagan por repetirte como un puñetero pajarraco de esos? Como le hayan tocado un solo pelo a S…

Me callé el nombre, no quise darle señal alguna de que estaba buscando a Sara. Subí a paso acelerado las escaleras hasta que me encontré frente a la dichosa puerta “312”; todavía tenía la voz del francés de recepción en la cabeza: “habitación tres doce mesiu”. ¡“Mesiu”!... Mamón de los cojones.

No me lo pensé dos veces, saqué a Clementine  y entré con una coz que arranqué la puerta de las bisagras. Mi sorpresa fue mayúscula al ver más de diez hombres armados hasta los dientes. Se levantaron todos sobresaltados encañonándome con revólveres, escopetas e incluso uno tenía una Thompson, joder, hasta la mayoría tenía granadas de mano colgando del cinturón. Podría decirse que justo en ese instante me sentí alagado, ¿todo eso por un mierda como yo?

—Bajad las armas chicos, no, tu no Toni, no dejes de apuntar al señor Somers. ¿Qué tal Jack? ¿Ya no saludas a los viejos amigos?

De detrás de todos esos hombres apareció Costello, con su mierda de sonrisa de gánster italiano hijo de perra, con ese traje que dice “aquí mando yo” y su condenada mirada de desdén que tanto me irrita.

—Es imposible, te empapelamos,  deberías de estar pudriéndote en una celda hijo de puta.
—Ya ves Jack, no es bueno perder los nervios por tu chica cuando haces una detención, aquí la víctima soy yo. Libertad bajo fianza. Tu mala praxis me ha sacado de la trena, estoy aquí para devolverte el favor. —miró a uno de sus lacayos— Traedla.

Abrieron la puerta de un armario y ahí estaba Sara, maniatada, pero viva. Aún tenía una posibilidad.

—Como le hagas algo te juro…
—¿Qué Jack? Ahora soy intocable.  No pretenderás hacer la estupidez que pienso que vas a hacer,  Jack. Venga, vamos, tu eres mejor que eso, el Jack Somers que yo conozco es un héroe, no un asesino. ¿Pretendes matarnos a todos con esa mierda de pistola? Podrías hacerle daño a tu chica. Ja ja ja ja… Pero no te preocupes que tendrás tu oportunidad. Por eso no te apures Jack.

Tres de sus hombres se acercaron a mí, me desarmaron y me sujetaron con fuerza. Entre tanto, sacaron una soga, le hicieron un nudo de ahorcado y la pasaron por un madero que tenía pinta de estar recién fijado al techo para la ocasión. Me van a ahorcar delante de ella y después sabrá Dios que le pasará a ella, la pondrán a trabajar en alguno de sus prostíbulos hasta que acabe en algún contenedor de basura como muchas otras y si la suerte le sonríe, le pegaran un tiro en la cabeza aquí mismo, desde luego es mejor que una vida de un asqueroso prostíbulo a otro.


—Mira Jack, te voy a contar qué va a pasar ahora. Tu chica y tú vais a morir, y vas a tener que decidir quién de los dos va a hacerlo primero Jack. No me mires así, seré clemente, tendré la misma indulgencia que mostraste conmigo. Te dije que tendrías una oportunidad, yo nunca miento Jack.

La sonrisa del malnacido de Frank relucía como la de un chaval al que Santa ha cumplido sus deseos por Navidad. Subió a Sara a una banqueta de madera. La horca era para ella. Le pasaron el nudo alrededor del cuello y tensaron la cuerda de modo que mantenía un precario equilibrio  con la puntas de los pies encima de la banqueta.

Pensé que ahora revelaría su plan maestro, su novena sinfonía de venganza y muerte, donde con toda seguridad vería como ella muere despacio, agonizando, mientras me tortura. No se lo iba permitir; dejaría que me mate, le rogaría por su vida si es necesario, suplicaría. El orgullo no serviría de nada. Si ese desgraciado quería ver a un tipo duro llorar por la vida de la mujer que ama, lo verá. He tenido que llegar a este punto para reconocerlo. Te quiero Sara. Habías ganado Frank, me rendí.

—¡Eh! ¡Jack! ¿Estas con nosotros? Pareces distraído, ¿no te importa lo que le vaya a pasar esa zorrita tuya?
—¡Vete al infierno!
— Vaya… Haz que le importe un poco Vinnie.

Mientras los tres tipos me sujetaban; uno bien cogido por el cuello y los otros dos por los brazos, ese tal Vinnie sacó un puñal enorme y le rajó la pierna a Sara desde la cadera hasta la rodilla. Se oyó un grito ahogado a través de su mordaza, un pañuelo blanco con las iniciales de Frank, el mismo pañuelo que tenía Susan en su casa aquel día, el mismo que incriminó a Costello; ese hijo de perra bastardo no había dejado nada al azar.

—¡Maldito seas! ¡Déjala! ¡Mátame a mi! ¡¿No es lo que quieres?!
—Lo que quiero Jack, es que sufras. Y sufrirás por cada minuto que he pasado en ese agujero infecto de Alcatraz. Y cuando considere que has tenido suficiente, sufrirás más aún. Sólo cuando yo lo decida, morirás. Esto —hace un gesto como señalando toda su “obra”— no ha hecho más que empezar. Nos estamos divirtiendo, ¿no es cierto chicos? —Todos asienten—. ¿Lo ves Jack? Esta fiestecita es en tu honor, y no me vas a dejar en mal lugar, ¿verdad?

La rabia y la impotencia dejaron paso a la resignación, al sometimiento, a la sumisión. Las lágrimas recorrían mis mejillas mientras las carcajadas de Costello llenaban cada rincón de la estancia. Dejé caer mi peso sobre los brazos de mis captores. Noté entonces un poco de libertad en mi cuello y mi cabeza bajó hasta que casi rozó mi pecho. No podía mirar. Me resultaba imposible ver como sufría de esa manera y moría.

—¡No! —Gritó mi “Yo” interior— ¡Eres un mierda Somers! Sólo tienes que hacer una estupidez más. Si al menos ella deja de sufrir habrá merecido la pena. ¡Mueve el culo Somers!

Esa arenga interior dio resultado; di un cabezazo con todas mis fuerzas hacia atrás y acto seguido, en el tiempo que un látigo da un chasquido, me libré de la presa de mis captores comenzando a dar puñetazos a diestro y siniestro. Le robé la pistola a uno de ellos y ante la cara atónita de todos, especialmente de Frank, repartí plomo por toda la habitación. No tardaron en responder. Corrí como un loco buscando cobertura hasta una gran mesa en un lateral de la habitación. Sólo se oyen cientos de armas disparando y miles de pequeñas astillas revoloteando por doquier. Dí un gran salto para llegar bajo la robusta mesa de madera y la volqué para hacerme un parapeto. De súbito, silencio, unos pocos segundos después, se oyeron decenas de “clicks”. “Es mi oportunidad” pensé decidido y tras la mesa salí como una manada de hienas furiosas. Vacié el cargador de la pistola y al terminar, tiré el arma con desdén al suelo. Alguno de ellos habían huido, otros tantos bañaban el suelo con su sangre y el resto de imbéciles valientes que no sabían cómo me las gastaba, volvieron a desencadenar un infierno de plomo, astillas y truenos. Al darse cuenta de lo poco eficaz de su ataque, algunos de ellos se abalanzaron contra mí. Me deshice de cuantos pude, hasta que me vi acorralado  contra una ventana y la mesa que había usado de parapeto. Estaba henchido de ira, de rabia, de sed de sangre, tan sólo veía carne que debía de triturar y eso se me daba de cojones.

En un fatal acto, consecuencia de la lucha, una de las anillas de las granadas que llevaba en el cinturón uno de ellos, salta y la granada cae al suelo. Ambos gritamos de espanto mientras los demás matones, miraron extrañados. Reaccioné antes que nadie, dí un puntapié a la granada y usé de escudo al esbirro que tenía más cerca.

Salí volando por la ventana junto a miles de cristales y trozos de madera. Amortiguó mi caída un contenedor de basura, bendito sea mi ángel guardián. Pasé varios minutos tendido en el suelo recuperando el aliento. Cuando intenté incorporarme descubrí que tenía una herida de bala cerca del vientre. Por el tipo de herida tenía que ser una nueve milímetro. Volví a agradecer mi suerte con bastante ironía.

Y así es como acabé aquí, hecho papilla, desolado. Una vez más, me las he arreglado para arruinarle la vida a otra mujer y esta vez para siempre. No creo que me quede mucho, lo único que puedo hacer es seguir disfrutando de este pitillo. Cuando llegue al infierno, volveré para acabar contigo si es que no estas ya pudriéndote allí Frank, lo juro.

Al fin oigo sirenas. Espero que, cuando me encuentren, a parte de mi cuerpo, recojan también los pedacitos de alma que aún me queden.

Comentarios

  1. Sirenas? De la policía o la ambulancia? Sobrevivirá? Parece bastante maltrecho al filo de ma muerte. Aunque al menos sabemos el por qué. Gran final!!

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  2. Un relato que me atrapò desde el primer momento. Un final con interrogantes,seguro que sobrevive como en las películas antiguas el bueno siempre sale victorioso aunque el precio haya sido una vida. 👏👏👏👏👏👏👏👏👏

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  3. Fenomenal relato, impresionante. 👏👏👏👏👏👏😯😯

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